El columnista invitado
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Esperando el 23 de octubre

Hace unos días ha arrancado la campaña para las elecciones legislativas para del 22 de octubre.

Por Alberto Lettieri, especial para NOVA

Hace unos días ha arrancado la campaña para las elecciones legislativas para del 22 de octubre. Pocas veces unas elecciones de medio término han estado rodeadas de tanta expectativa como en la previa a las PASO. La inquietud se sostenía en algunas discusiones que permitieron ocultar los temas de fondo, pretendiendo imponer una clave de interpretación. ¿se trataba de elecciones legislativas o de un plebiscito para garantizar la gobernabilidad en los próximos dos años? En caso de entenderlas como un plebiscito, ¿qué sería lo que se estaría plebiscitando? ¿La gestión de estos dos años de Mauricio Macri, o los 8 años de gobierno de Cristina Fernández de Kirchner? ¿Serían, para el gobierno, un reflejo de lo que fueron las elecciones de 1985 para Raúl Alfonsín, o un cono de sombras, como el de 1987?

Sin embargo, los resultados de las PASO, como un visitante molesto, vinieron a destruir el clima de expectativa imperante. El Gobierno ganó en los distritos clave, la economía mejoró en diversos rubros –aunque todavía no lo perciban el bolsillo de los trabajadores ni la heladera-, y el eficiente accionar oficial, inaugurando o anunciando obras públicas en distritos clave, una recuperación del empleo –que colocaría al desempleo en los niveles en que lo había dejado la gestión del FPV- y la mediática captura de un sindicalista non santo, harían el resto. ¿Faltaba algo más? Si, la insistencia de Cristina Fernández de Kirchner en negarse a hacer alguna clase de autocrítica sobre su gestión, al meterse en la “boca del lobo” de los medios opositores, haría el resto. Claro está, Luis Novaresio no es precisamente un lobo, y dejó insatisfechos a propios y a extraños –a unos por animarse a hundir poco el cuchillo, a otros por haberlo hundido demasiado-. Pero Cristina desaprovechó una excelente oportunidad para mostrarle a quienes no la han votado que había reflexionado, que era “otra” Cristina, despojada de los atributos que le llevaron a perder el favor de una gran parte de su electorado de 2011. Pocos días después, en los actos militantes y por distrito, rodeada del fervor de su gente, reaparecería la antigua Cristina en todo su esplendor: desafiante, fundamentalista, líder. En síntesis, exhibiendo la suma de las virtudes que provocaron el enamoramiento de una gran parte de la sociedad argentina, y que luego terminaron poniendo a la mayoría en su contra.

Esta decisión de “morir con las botas puestas” significó un reconocimiento tardío del grave error de la estrategia adoptada frente a las PASO. La versión de la “predicadora” que pretendía ocultar a sus candidatos y a sus compañeros de ruta del pasado, para poner en escena a la gente “común”, las “´victimas” del modelo actual, fue un fracaso: sólo le sirvió para perder más de 400.000 votos respecto de, tal vez, la peor elección del peronismo en la Provincia de Buenos Aires, con la fórmula Aníbal Fernández-Martín Sabbatella.  Por eso, y luego de la fallida experiencia de la visita a Infobae, volvió a levantar la bandera y los símbolos herrumbrados, y a sostener inéditas definiciones, tales como su condición de peronista y su reivindicación de la figura del General Perón. Inmediatamente, una distendida visita al living de un cordial Chiche Gelblung en Crónica TV permitió echar luz sobre el “otro lado” de Cristina: su condición de mujer, sus habilidades hogareñas, sus sensaciones, sus alegrías, sus miedos. Sólo en una ocasión salió a la luz un tema urticante: la Tragedia de Once.  Maravillosa ocasión para rever su posición y tratar de reconquistar al votante esquivo. Y otra vez la incapacidad de realizar una autocrítica, aunque más no fuese, con una mera finalidad electoralista, fue desaprovechada. Así es Cristina. Con sus méritos y sus defectos. Mucho más espontánea que la fugaz versión de la predicadora. Aunque eso le juegue en contra.

Gracias a su hiperactividad, el Gobierno ha podido permitirse el lujo de llevar adelante una campaña silenciosa. Timbreos, inauguraciones de obras, créditos hipotecarios y vehiculares, alguna foto social… A diferencia del 2015, ya no necesita prometer nada que no pueda o no desee cumplir. Seguirán los aumentos de energía, el endeudamiento, la reforma laboral –aunque no “a la brasileña”-. La polarización impuesta por Jaime Durán Barba sigue dando dividendos mayores a las Lebacs. Y Cristina, en cada aparición, la reafirma, y suma votos a las listas del oficialismo. 

En la Provincia de Buenos Aires o en algunas otras donde los gobernadores han sellado una alianza con la ex presidenta –es paradigmático el caso de San Luis y los Rodríguez Saa-, esa polarización causa estragos. Las encuestas marcan a la fecha una diferencia de entre 4 y 6 puntos a favor de Cambiemos en Buenos Aires, sin que sus candidatos hayan realizado ningún acto significativo, y sin necesidad de que ninguno de sus grandes referentes nacionales –Macri, Vidal o Carrió-, a diferencia de lo sucedido en las PASO, hayan salido a jugar abiertamente. Las principales perjudicadas son aquellas opciones que pretendieron ocupar lo que diagnosticaron erróneamente como “ancha avenida del medio”. Sergio Massa parece tener dificultades para mantenerse arriba de los 10 puntos, Florencio Randazzo habría caído a 3,3-3,5%... De esos votos perdidos, sólo 1 de cada 3 iría a Cristina. Los intendentes peronistas evalúan con preocupación el futuro. ¿Fue adecuada la decisión de atar su destino electoral al de Cristina Fernández de Kirchner, cuando aún les quedan 2 años de gestión y la bolsa sigue en poder de Vidal y de Macri? Algunos no serían reacios a sondear alguna forma de acuerdo con la Gobernación provincial, sin descartar un comportamiento electoral más pragmático. Quizá alguna combinación entre listas locales propias y provinciales y nacionales de la alianza gobernante. Mientras tanto, desde el Senado se repiten las declaraciones que certifican que el peronismo es una cosa y Cristina otra, y que, si quiere liderar un bloque, debería formar uno propio. 

A diferencia de la previa a las PASO, cuando todos levantaban la clave de lectura del plebiscito y las dudas sobre la gobernabilidad futura, ahora las elecciones generales aparecen como una película con final ya conocido. Son pocos los que aún especulan con una victoria de Cristina en la provincia de Buenos Aires. La mayoría, en cambio, se pregunta por la magnitud de su derrota, y por el día después. Una victoria de Cristina en la provincia afectaría gravemente el largamente anunciado nuevo proceso de Renovación peronista, y tal vez impondría un horizonte de fragmentación, en el cual no debería descartarse un acercamiento, o incluso una eventual alianza, entre sectores significativos del peronismo y el Gobierno de Cambiemos. Una derrota por estrecho margen limitaría las posibilidades de la ex presidenta, pero, con 3,5 millones de votos, seguiría siendo la dirigente opositora con mayor caudal electoral propio y, claramente, la portadora de mayor carisma. Una diferencia significativa a favor de Cambiemos, finalmente, podría acelerar el proceso de Renovación peronista, el liderazgo de Cristina sufriría grave daño, y seguramente la disputa entre gobernadores provinciales e intendentes del  Conurbano por la conducción partidaria ocuparía la escena del peronismo, y de la política nacional.

Mientras tanto, Cambiemos observa el futuro con optimismo, y sueña con una posible reelección de Mauricio Macri en 2019. “No es que seamos tan buenos...” –decía el General. Es que la oposición aparece desenfocada, sin un correcto diagnóstico de las demandas y las expectativas sociales, y transmite escasa sensación de liderazgo a nivel general. Sólo escapan de esta lógica algunos intendentes y gobernadores. Esto ha sido así a punto tal que cuestiones tan sensibles como la desaparición de Santiago Maldonado prácticamente no mueven el amperímetro de la voluntad de voto, ante la insistencia del Cristinismo de presentarlo como una reivindicación partidaria, antes que como lo que debería ser: una demanda compartida por la ciudadanía toda.   

Algunos empresarios, políticos y sindicalistas han sugerido la conveniencia de celebrar una especie de Pacto Social o de Gran Acuerdo Nacional, a los fines de proveer al Gobierno de espaldas más anchas al momento de afrontar las próximas iniciativas de reforma laboral y fiscal, la reasignación de la co-participación, el futuro del impuesto al cheque, y el reemplazo del actual esquema de endeudamiento sistemático. Ni Macri ni Durán Barba parecen muy interesados en esta propuesta. ¿Sumaría o restaría, a los ojos del votante de Cambiemos, un acuerdo con una cúpula de la CGT debilitada, y que ha llamado a votar a Cristina? ¿Cómo podría interpretarse ese acuerdo a la luz del nuevo daño que infringe a la imagen de los sindicalistas la capturas del “Caballo” Suárez, el “Pata” Medina y, antes, ¿de Juan José Zanola o de José Pedraza? Por cierto, que estos sujetos no son la expresión más genuina del sindicalismo argentino, pero los medios han conseguido instalarla y costará revertirla, restándoles sensible capacidad de negociación.  

¿Y una alianza con el peronismo? Esta alternativa, en tanto, no se descarta del plano, aunque supeditada a dos cuestiones: una, el curso que adopte el malestar interno dentro de la UCR respecto del lugar asignado por Cambiemos dentro de la Alianza, y ese supuesto “destrato” que parecen sentir muchos radicales, y que condujo a la renuncia indeclinable del senador chaqueño Ángel Rozas a la conducción del interbloque. La otra, el resultado electoral que obtenga Cristina en la Provincia de Buenos Aires, que permitirá definir el poder de fuego con que cuenta el peronismo más acuerdista, liderado por Miguel Pichetto y Juan Manuel Urtubey.  Mientras tanto, será la política de acuerdos puntuales, algo muy parecido al “golpear y negociar” que aplicara el “Lobo” Vandor en los años 60, la que prive en la acción oficial.

De este modo, mientras algunos hacen campaña, a sabiendas de que los números ya están puestos, salvo que ocurra algún suceso excepcional que permita torcer la voluntad del electorado, la dirigencia hace política enfocada en el 23 de octubre, que, aunque no lo marque ningún cronograma electoral, será el día de lanzamiento de la carrera por la elección/reelección presidencial de 2019.    

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