Editorial

Educación: la eterna olvidada en la Argentina

Tanto debate acerca de cuál gobierno fue peor, y poco acerca de cómo unirnos como Nación de una vez por todas.

Antes fue la inoperancia de Fernando De La Rúa, luego el despilfarro de Carlos Menem, más tarde la ambición de Néstor, luego la corrupción inescrupulosa de Cristina, y ahora la insensibilidad de Mauricio Macri.

Cambian las figuritas de colores, nos peleamos entre nosotros, y el resultado década tras década es siempre el mismo: un pueblo que lucha por salir a flote, a la espera del próximo "héroe" que pueda salvarlo.

La cuestión radical es que el árbol de turno nos está impidiendo ver el bosque. Un paisaje que muestra valores sociales esenciales tristemente resecos y abandonados, como la validez de la palabra y el respeto por el otro. La indiferencia, la agresión y la mentira han ganado terreno de manera asombrosa tanto en el ámbito público como privado.

Esta honda problemática cultural nos lleva a preguntarnos: ¿en qué lugar ha quedado la Educación? ¿Dónde quedaron los valores éticos y de convivencia, más allá de las jerarquías políticas y los estratos sociales? ¿En qué lugar, dentro de las prioridades, estamos ubicando al futuro?

Las últimas noticias que se conocen en materia educativa se remiten al tema paritarias, una agotadora puja de poder que se renueva cada año entre el Gobierno y los gremios.

Lo importante no es quién tiene la razón, sino las consecuencias de este interminable conflicto: uno de los sectores más vulnerables de la sociedad  -los niños- queda atrapado en un mecanismo perverso que echa por tierra sus necesidades, derechos e ilusiones. Y la falta de contención en la infancia es un tema serio.

Por fortuna, vivimos en democracia, aunque no cualquier democracia. Es cierto que estamos inmersos en un sistema castigado desde hace años por una inflación que cada vez consume más el bolsillo del trabajador, quien ya no sabe qué maniobras inventar para hacer rendir su salario. Por supuesto que el docente no está exento de ello.

Sin embargo, hay un tema que tanto la clase política como los gremios parecen olvidar, por atender con tanto ímpetu sus propios intereses: con el bolsillo del trabajador no se juega, pero con la Educación de los niños -a quienes les debemos un país mejor-, tampoco.

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