Editorial
Puntos de vista

Ganó la vida

De las dos posturas, ganó la más razonable. (Dibujo: NOVA)

Tras el debate sobre la despenalización del aborto que, a nivel formal, finalizó este jueves por la madrugada en el Senado nacional, cabe preguntarse: ¿por qué, como sociedad, no sólo no logramos cerrar grietas, sino que con cada problemática que aparece, abrimos una nueva? Un problema de fondo que nos pinta de cuerpo entero en Argentina: no logramos evitar teñir de agresión las posturas encontradas en una sociedad que, en su carácter democrático, debería aceptar la pluralidad de voces con naturalidad y sin violencia.

Referirse a un tema tan sensible como el aborto no es fácil, ya que hay múltiples aristas que de su análisis se desprenden, vinculadas a lo moral, a los valores personales, al rol del Estado, y a cada circunstancia de embarazo en particular.

Este 9 de agosto, la mayoría de los senadores desestimaron un proyecto de ley en gran parte improvisado, con fallas preocupantes. Que, entre otros preceptos, propuso terminar con una problemática de “salud pública” cuando todos sabemos que la salud pública argentina está seriamente dañada, abandonada y relegada, sobre todo a nivel presupuestario. ¿Cuáles son, entonces, las condiciones en las que se encuentra el sistema de salud mediante el cual se pretende subsanar esta problemática de “salud pública”? Es decir, ¿estábamos realmente preparados para llevar a cabo esta iniciativa?

Otro de los puntos que el proyecto pasa por alto es lo que estipula la ley, la misma que cada uno de los legisladores juró respetar al asumir en su función pública. Tanto la Constitución Nacional como los tratados internacionales a los que adhirió Argentina describen claramente que el niño es considerado como tal desde el momento de su concepción, no de la semana 14 ni cualquier otra semana de gestación. Así lo avala también la ciencia, con pruebas fehacientes.

Por lo tanto, interrumpir un embarazo de manera voluntaria implica pasar por encima de los derechos de otro ser humano, precisamente, del más indefenso: el niño en gestación. ¿Acaso esa vida tiene menos valor que la de su madre? ¿Con qué vara medimos el valor de cada una de las vidas, en un país donde incluso la eutanasia está prohibida?

Que los abortos sigan ocurriendo no es argumento suficiente para despenalizarlo. A falta de inversión en salud pública, en políticas de prevención del embarazo y en educación sexual, es una mirada simplista la de pretender comenzar por el final del proceso, en lugar de ir la raíz. En otras palabras: legalizar la interrupción de una vida simplemente porque el aborto va a seguir existiendo, es al menos irresponsable, cuando llevamos años y años sin políticas estatales de prevención y protección de la mujer para evitar que pase por situaciones traumáticas.

En Argentina, tenemos la mala costumbre de hacer las cosas al revés. Cuando seamos serios, apliquemos políticas sanitarias y educativas eficaces, seguramente las tasas de abortos clandestinos van a disminuir. Y recién entonces, podremos volver a evaluar si es válido tratar una ley de despenalización del aborto, o seguir trabajando en fortalecer la toma de conciencia para evitar embarazos no deseados.

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